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miércoles, 29 de mayo de 2013

Los niños: Sexualidad y Muerte

Este sábado disfruté de nuevo, por cuarta vez, con la conferencia que dio Yolanda González  dentro del III Ciclo de conferencias “Conociendo a Nuestros Hijos” que organiza la asociación Besos y Brazos.

No me cansaré de repetir lo que me gusta estar mujer, lo que me emociona y lo que aprendo siempre con ella. Si os interesa leer más sobre lo que cuenta en estas conferencias podéis hacerlo aquí, aquí y aquí.

Esta vez los temas a tratar no eran los habituales, sexualidad y muerte, dos temas tabú sobre los que no se habla mucho en relación a los niños e incluso, en especial la muerte, preferimos pasar por alto.

Como de costumbre Yolanda hizo incapié en la importancia de conectar con nosotros mismos para poder hacerlo con nuestros hijos, y en conocer el desarrollo emocional en la primera infancia

De los 0 a los 7 años es una etapa crítica en la que se establecerá la personalidad, el carácter del niño.
- De 0 – 3 años se caracteriza por la emoción. Los pequeños son sólo emoción.
- De 3 – 7 años es cuando ya comienzan los mecanismos de defensa.

   
La muerte

Los niños son los primeros que se preguntan de dónde venimos o por qué nos tenemos que morir. Sin embargo nos cuesta mucho enfrentarnos a este tema y es porque nos mueve la emoción del miedo (a la propia muerte y a la de los seres queridos). Esto nos lleva a un mecanismo psíquico inoperante, la negación, el creer que somo eternos.

Vemos a los niños tan vulnerables y sensibles para afrontar este tema, para el que no estamos preparados, que les protegemos demasiado (más incluso que frente al maltrato) y no les permitimos ver la muerte. Los pequeños también tienen derecho a despedirse frente a una pérdida, ya sea de un ser querido como incluso de su mascota (primer contacto que pueden tener con la muerte). Cuando se impide esto estamos creando un duelo patológico que se arrastrará a lo largo de la vida.

La tristeza es una emoción tan legítima como las demás y no podemos vivir sin ella. Nos ayuda a despedirnos y elaborar el duelo.

Depende de cómo nos afecta a nosotros la muerte, podremos tratarlo con los pequeños. Ellos perciben nuestra actitud y el clima emocional frente a la muerte.

Hasta los cinco años la visión de la muerte (extensible al resto de las cosas) tiene un carácter de:
- Universalidad. Se preguntan si todos nos tenemos que morir. Ellos no pueden morirse.
- Irreversibilidad. Para ellos la muerte es reversible. Se preguntan cuando despertará el abuelo que murió. Para ellos todo es reversible.
- Inetabilidad. Respondiendo a su pensamiento egocéntrico (sano y natural en su edad) niegan la inetabilidad con afirmaciones como que ellos no se van a morir.
- Causalidad o finalidad. ¿Por qué hay que morirse? Hay que tener cuidado con las afirmaciones que les hacemos a los pequeños, ya que hacen asociaciones equivocadas, como el “papa está enfermo, pórtate bien para que se cure” (si se diese el caso de que el papá muriese el niño pensaría que es culpa suya. Es común que se sientan culpables ante la separación de sus padres o la muerte, por su carácter egocéntrico.
- Causa o modo. No es lo mismo que alguien muera de manera repentina que una muerte que ya nos esperamos.

El abordaje de la muerte depende de la reacción del entorno, de su edad y del vínculo con el ser querido. Según sean estas, las reacciones habituales de los niños, menores de cinco años, ante la muerte son:
- Conmoción o insensibilidad.
- Incredulidad.
- Ansiedad y miedo. Pueden surgir terrores nocturnos, un retroceso en el control de esfínteres, etc.
- Rabia.
- Anhelo (llanto desconsolado).


Las claves para propiciar un un duelo sano son:
- Actitud del adulto. Es importante no perder de vista al ser más vulnerable y ser favorecedor de la expresión emocional.

- Informar de la realidad según la edad. Y cuidar mucho nuestras palabras. Decirle a un niño “el abuelito está en el cielo y está muy bien allí” puede llevar al niño a no tener cuidado al cruzar una calle ya que si le pilla un coche podrá ver al abuelito y además estar muy a gusto en el cielo, ya que además como hemos visto para ellos la muerte es reversible.

- Responder a sus preguntas desde nuestra honestidad. Y cuidado con las respuestas vagas, los niños necesitan seguridad. Por ejemplo, ante la pregunta “mama, ¿y tu también te vas a morir?” Tenemos que dejarles claro que no tenemos intención de morirnos hasta dentro de mucho tiempo.

- Permitir su participación en las despedidas. Y de nuevo cuidado con las expresiones. “El abuelito se ha dormido” puede infundirles temor a dormirse.

De los 6 a los 9 años la muerte ya es algo concreto para ellos. Aquí las preguntas son del tipo “¿y no tendrá sed?”.

A partir de los 9 años ya interiorizan que la muerte es el resultado de la vida, que es irreversible e inebitable.


La sexualidad

Socialmente la sexualidad está manipulada y no guarda ninguna relación con cómo nos hace sentir. Por eso no se trata sólo de información sino de ver cómo la vivimos, nuestra actitud hacia ella.

Me gustó mucho la naturalidad y franqueza (por otro lado, como debe ser) con que Yolanda trató este tema.

Para hablar de la sexualidad hay que tener en cuenta la historia que tenemos detrás. Hasta el siglo XX la sexualidad no existía, aparecía en el momento de la procreación o como mucho en la adolescencia. Hasta que Freud descubrió no sólo que la sexualidad existía, sino que era inevitable y necesaria para el correcto desarrollo del ser humano, y el pretender evitarla o modificarla derivaba en patología.

La sexualidad es un instinto biológico (como el comer o el dormir), es todo aquello que da placer y no hay que confundirla con genitalidad. Comienza en la vida intrauterina y acaba con la muerte. Y cumple una función de salud, ya que conformará el carácter del niño.

Cuando un instinto se moldea se convierte en una pulsión. Detrás de las violaciones hay una represión y/o desviación; pues lo que está contenido, cuando explota destruye.


En el desarrollo de un niño pequeño (hasta los cinco años) existen tres fases sexuales:

- 1ª Fase Oral.

Comienza con la vida intrauterina y finaliza más o menos a los 3 años.

En esta fase los niños sienten placer a través de la boca, ya que es a través de donde conocen el mundo. De ahí la importancia de la succión, que cumple tres funciones: placer en contacto con el pezón materno, seguridad y necesidad de nutrición.

Conocen el mundo a través de la boca, y por tanto se frustan si no les permitimos  llevarse cosas a la boca.

Por eso es a partir de los tres años, más o menos, cuando los pequeños pueden dejar el pecho o el chupete con respeto, paciencia y cariño (si somos los adultos los que lo necesitamos).

- 2ª Fase Anal.

Es una etapa en la que si no influimos pasará rápidamente. Es la fase en la que  los niños sienten curiosidad por la caca.

- 3ª Fase Genital.

Comprende desde los 3 a los 7 años. Es la fase de la masturbación y la exhibición genital, aunque hay niños que no se tocan abiertamente. Tienen mucha curiosidad por los genitales propios y ajenos.


Cuando los niños preguntan sobre sexualidad o directamente la ejercen, ¿cuántos adultos aceptan esa sexualidad infantil?

Con el placer aparece el enamoramiento romántico, y si no tienen amiguitos de los que enamorarse lo harán del papa o de la mamá. En este último caso habrá que acoger el sentimiento del niño y situarles en la realidad pero sin reprimirles o humillarles.

Los niños juegan libremente sexualmente, es algo que hay que ver con naturalidad siempre y cuando estos encuentros se den entre niños de la misma edad y sea consentido. Si los niños implicados se encuentran en una situación de placer no hay que interferir por ignorancia o miedo (de abusos por ejemplo, porque no tiene nada que ver aquí).


Y por supuesto hay que responder a sus preguntas con franqueza, con naturalidad y acorde a su edad.

martes, 5 de febrero de 2013

“Los Celos, la Envidia y las Mentiras” Yolanda González



Hace dos fines de semana tuve, de nuevo, el placer de asistir a una conferencia de Yolanda González, que organizaba la asociación Besos y Brazos: “La Envidia, los Celos y las Mentiras”. No me canso de decir lo que me gusta esta mujer. La conferencia se me hizo corta y como siempre me quedé con ganas de más.

Los adultos siempre intentamos que los pequeños nos entiendan. No entendemos por qué no nos hacen caso. Pero no son ellos los que tienen que entendernos sino nosotros a ellos, pues como adultos somos nosotros quienes debemos comprenderles y empatizar con ellos.

Yolanda comenzó haciéndonos un par de preguntas: ¿Sólo mienten, sienten celos o envidia los niños? ¿Entonces por qué nos preocupa tanto que ellos, siendo niños, lo hagan?

Para empezar hay que saber que la envidia, los celos y las mentiras son sentimientos y no emociones (miedo, rabia, tristeza y alegría, son las emociones básicas).


La envidia es un sentimiento de carencia, más primitivo que los celos, y para que surja hacen falta dos personas.

Aparece cuando se empiezan a disputar los juguetes. Y el problema no es sentir envidia, ya que esta puede resultar un estímulo para mejorar y propornenos conseguir lo que queremos, sino el grado de intensidad, ya que puede convertirse en destructiva.


Los celos son el sentimiento de deseo de posesión. Hacen referencia al vínculo, la capacidad de vincularse con el otro. Aparecen cuando hay una amenaza de pérdida, el temor de perder el vínculo. Por tanto para que se surjan hacen falta tres personas.

Al igual que con la envidia, todo depende del grado, pues los celos son normales y habituales, son necesarios.

Y es que hasta los seis años los niños son egocéntricos, deben ser egocéntricos, que no egoistas, ya que les corresponde como una etapa más en su desarrollo evolutivo.

Hasta los tres sería la etapa egocéntrica por excelencia, cuando todo es suyo, da igual que sea un juguete, su madre o la madre de otro niño, todo es suyo y les pertenece. Hay que permitirles que satisfagan esa necesidad, ya que de lo contrario se convertirán en adultos egoistas. Siempre hay que buscar una solución creativa para resolver el conflicto, cuando surge.

Por tanto no hay que obligarles a compartir cuando no están preparados para ello. De hecho ellos sólo aprenden a hacerlo cuando no se han visto amenzados en sus necesidades, se convierten en niños generosos, aprenden a jugar y a hacer trueques, sin la intervención de los adultos. Porque este es otro tema, los adultos interferimos creyendo que ayudamos y lo que hacemos es crear problemas. La labor educativa consiste en no interferir, sino en confiar en su proceso madurativo y en sus ritmos. Hay que ser coherente con las fases infantiles, claro que para ello debemos saber que son fases normales por las que deben pasar para su correcto desarrollo.


Para tratar estos sentimientos:

Lo primero que hay que hacer es reconocerlos y aceptarlos como son y nunca negar sus emociones. Debemos darrles nombre, ya que con tres años empezarán a entenderlo. De esta forma sentirán que su emoción es válida y no son monstruos por sentirse de esta u otra manera.

Otra cosa que tenemos que hacer es buscar momentos especiales de complicidad con el niño que tiene celos o envidia. Pero además de llevarlo a la práctica es conveniente que lo verbalicemos con él para que se sienta comprendido.

Y por último, además del recoconomiento, mucha mucha paciencia.


Las mentiras son una habilidad psicológica, cuya intención es la de engañar, y esto en la primera infancia (hasta los 7 años) no ocurre. Por tanto los niños no mienten. En esto Yolanda hizo mucho incapié.

Hay estudios que demuestran que los adultos mentimos tres veces a la semana y en el caso de encontrarnos en la calle con un desconcido las mentiras llegarían a ser tres como mínimo. Un ejemplo y el más habitual, es cuando nos preguntan “qué tal”. Sin embargo el hecho de creer que nuestro hijo nos están mientiendo nos hace sentir mucha rabia.

Como siempre, debemos conocer las fases evolutivas de los niños antes de pretender juzgarlos. Sabiendo que los menores de 4 años no distinguen fantasía y realidad, los menores de 7 años tienen grandes dificultades para cambiar de perspectiva y que hasta los 12 años no empieza a desarrollarse la empatía, creo que deberíamos replantearnos, y mucho, el concepto que tenemos sobre el tema de las mentiras y los niños.

Los niños, por tanto, no mienten. El hecho de que parezca que lo hacen puede deberse a varios motivos. A esas edades si les hacemos preguntas sobre algo que no recuerdan (su recuerdo es evocado, ayuda el situarlos en un contexto y un espacio para que recuerden mejor) lo que hacen es inventárselo para rellenar esas lagunas. Igualmente a esas edades no distinguen realidad y fantasía. También lo hacen  para salvaguardar su propia autoestima, por miedo a perder el amor de sus seres queridos, o simplemente nos pueden contar que han visto un burro volando para ver qué cara ponemos. Pero nunca con la intención de engañar.

Por eso Yolanda concluyó y remarcó que a un niño se le cree siempre, necesitan sentirse protegidos y entendidos. Y es muy angustioso para los pequeños que sus padres no les crean lo que para ellos es totalmente cierto.


Justo la semana después de la conferencia mi hija nos vino un día diciendo que le daba miedo dormir por la noche porque había bichos (como no sabe lo que son los monstruos imagino que utilizó esa palabra para referirse a que había algo), y el caso es que nos lo dijo sin más, muy tranquila. Pude pensar que simplemente tenía miedo a separarse de nosotros hasta que nos vamos con ella a la cama, que me estaba mintiendo para conseguir algo de nosotros, que lo había soñado y ahora estaba confundiendo la fantasía con la realidad, de hecho mi primera reacción fue decirle que no había bichos. Pero entonces me di cuenta de que realmente para ella si los había y si se lo negaba ella no entendería por qué su madre no confiaba en lo que ella había visto. Entonces sólo le dije que papá y mamá estábamos con ella y que lo que haríamos sería jugar con los bichos. Se quedó de lo más satisfecha y la verdad es que no ha vuelto a mencionarlo.


Confiemos siempre en ellos y tengamos en cuenta la fase de su desarrollo en la que se encuentran.

jueves, 19 de julio de 2012

Lo más importante


No hace mucho que os hablé de la conferencia de Yolanda González “Las emociones de los niños y las nuestras”, podéis leerlo aquí. Desde entonces llevo dándole vueltas a algo que dijo Yolanda en un momento dado, y es que “más allá de la lactancia y de un parto natural, la principal preocupación en torno a la crianza deberían ser las emociones”.

A las madres nos preocupa todo lo que atañe a nuestros hijos. Sin embargo en ocasiones algunas hacemos más incapié (quizás por lo que nos ha tocado vivir) en unas cosas que en otras, según la importancia que le demos. Igualmente hay profesionales dedicados a unos u otros aspectos en el mundo infantil, todos ellos necesarios para poder ayudar en cada una de las diferentes ramas que entretejen las vidas de nuestros hijos.

Algunas mamás o profesionales creen que para que todo comience como es debido, con respeto y amor, ya que de eso dependerá el futuro de nuestro bebé, debe permitirse que el parto sea  el momento más importante e increíble en la vida de madre e hijo y para el que ambos están fisiológicamente preparados. Todavía en muchos hospitales sigue existiendo una violencia obstétrica que puede marcar esta díada y que les somete a una serie de experiencias dolorosas y traumáticas que deberían ser erradicadas. Yo soy una de esas madres.

Otras mamás y profesionales ven en la lactancia materna uno de los factores primordiales para el vínculo entre madre e hijo, además de la base para un correcto desarrollo en nuestra evolución hasta convertirnos en adultos sanos tanto emocional como físicamente. Y que hay que hacer todo lo posible para que toda madre que así lo desee pueda disfrutar junto a su hijo de una feliz lactancia. También yo soy una de esas madres.

Luego tendríamos otras preocupaciones, como una educación acorde al ritmo de cada niño, etc, seguro que se os ocurren muchas más, pero creo que podrían incluirse dentro de estas que he mencionado o de la que trata este post, de las emociones.


¿Qué ocurre si una mamá quería un parto respetado, un parto sin intervenciones, sin epidural, vaginal, con intimidad… y al final resulta que contra su voluntad, o porque el parto se ha complicado, se encuentra con todo lo contrario? ¿Quiere decir eso que su vínculo se ha resentido para siempre, que la primera experiencia de su bebé le marcará de tal forma que ya no hay remedio?

¿Qué ocurre si una mamá quiere dar el pecho a su bebe pero surgen problemas que se lo dificultan, enfermedad del bebé o de la madre, problemas de agarre, de apoyo, información falseada, y no tiene la ayuda que necesita? ¿Su vínculo será menor que el de una madre que si da el pecho? ¿El desarrollo del niño, emocionalmente hablando, será peor?

En ambos casos afirmo categóricamente que no. Y aquí entra en juego la gran importancia de las emociones, porque a través de ellas les damos a nuestros hijos todo lo que necesitan, y podemos compensar, si es el caso, esas carencias. Me considero una acérrima defensora del parto respetado y de la lactancia materna, ¿pero de qué sirven ambos si luego no tratamos a nuestros hijos como se merecen? Es decir, yo lucho porque toda mujer pueda dar a luz en un entorno respetuoso y acto seguido pueda poner a su hijo sobre su pecho, la recreación externa del útero materno, calor, contacto, sonidos conocidos, movimiento y alimento; pero cuando por el motivo que sea esto no ha sido posible sabemos que, haya sido de un modo u otro, la forma en que tratemos a nuestros hijos desde el momento en que los tenemos con nosotros (cosa que depende exclusivamente de nosotros, pues no depende de terceros ni de otros factores, o quizás si, de la mochila emocional que llevemos nosotros a cuestas, pero igualmente en nuestra mano está soltarla y sanarla) hará que nuestro vínculo sea fuerte y que se conviertan en niños y en adultos felices, equilibrados, empáticos y capaces.

Un día en un grupo de facebook leí a una mamá que venía a decir algo como que una madre que da el pecho a su hijo es siempre una madre respetuosa y que jamás maltrataría a su pequeño. No estoy de acuerdo con esto. Aunque las intenciones de la madre sean buenas la carga emocional que trae consigo puede jugarle malas pasadas a la hora de criar a su hijo, a pesar de amamantarle con todo su amor. De ahí que considere que debemos tener muy presente cómo influyen nuestras frustraciones, nuestras carencias y nuestras necesidades insatisfechas a la hora de relacionarnos con nuestros hijos. Enseñémosles a aceptar sus emociones, a canalizarlas, a sentirse queridos y valorados, al mismo tiempo que, para ello, nos reeducamos en nuestra manera de concebir nuestro estado emocional.

viernes, 8 de junio de 2012

Yolanda González “Las emociones de los niños y las nuestras”


El fin de semana pasado tuve el placer de volver a ver a Yolanda González en el II Ciclo de Conferencias “Conociendo a Nuestros Hijos” que organiza la asociación Besos y Brazos.

La conferencia que dio el año pasado trataba sobre “La Empatía y la Autorregulación en la primera infancia”. Aunque algunas cosas se han repetido me ha encantado volver a escucharla, me he dado cuenta de que esta mujer siempre termina emocionándome, hace que conecte con sentimientos muy profundos. En realidad creo que ha sido como la continuación a la charla del año pasado. Podéis leer aquí el resumen que hice de ella, os lo recomiendo, además hice una breve descripción de su curriculum para los que no la conozcáis.


El tema de las emociones es un tema complicado, en el sentido de que a muchos nos cuesta reconocerlas, ya que en nuestra infancia no se nos enseñó a aceptarlas, mostrarlas y canalizarlas, al contrario, se procuró que las reprimiésemos, porque era lo que nuestros padres también habían aprendido de pequeños, al igual que sus padres, y así sucesivamente. Continuamos transmitiendo modelos educativos poco saludables de padres a hijos sin pararnos a pensar que se puede hacer de otra manera.

Las emociones son necesarias y mucho, son el pilar de todo lo demás, porque dependiendo de cómo nos sintamos así actuaremos. Las emociones modulan nuestros pensamientos, se trata de encontrar un equilibrio entre razón y emoción, y eso se logra en la infancia. Dijo Yolanda que más allá de la lactancia y un parto natural, la principal preocupación en torno a la crianza deberían ser las emociones, que son las que mueven todo nuestro mundo. Esto quiere decir que una mujer que da el pecho a su hijo no es sinónimo de que sepa relacionarse sana y respetuosamente con las emociones de su hijo y las suyas propias, por eso que las emociones sean la base para que esta sociedad, que muchas veces no quiere sentir ni quiere saber, sea saludable en todos sus aspectos.

No es fácil enfrentarse a las emociones de nuestros hijos cuando ya nos cuesta enfrentarnos a las nuestras, porque ¿qué ocurre cuando nos encontramos ante una rabieta de nuestros hijos?, pues que muchas veces terminamos teniendo nosotros otra rabieta, ya que las emociones de nuestros pequeños conectan con las emociones de nuestros niños interiores. Hay que ver al niño pequeño, no a nosotros mismos cuando éramos pequeños, no debemos mezclar nuestras emociones con las suyas. No es fácil, por tanto, saber acompañarles, aceptar sus emociones, comprenderles, sin interferir en ese proceso, enganchándonos en las maraña de emociones que nosotros mismos llevamos arrastras.

Es muy importante aceptar las emociones, darles nombre y saber cómo acompañar y canalizar lo que nuestros hijos sienten, nunca negarlas ni reprimirlas. Es la etapa más vulnerable, de total dependencia (algo natural, hoy en día tenemos mucha prisa por que crezcan) y en la que está en juego la futura personalidad del adulto.

Explicó que una emoción es una acción que viene de dentro y la expresamos hacia fuera, las emociones básicas son la ira, el miedo, la tristeza y la alegría, todas legítimas y necesarias para nuestra supervivencia. Las personas que no contactan con sus propias emociones están robotizadas y son fácilmente manipulables. Matizó que el adiestramiento comienza en la primera infancia, no permitiendo sentir, racionalizando y pensando siempre. Una emoción se puede reprimir pero nunca suprimir, y puede explotar en el momento más inadecuado, a través de síntomas físicos y emocionales. La salida más adecuada para las emociones es la expresión.

Por otro lado, las emociones de los niños son las mismas que las de los adultos pero más inmaduras, y necesitan mucho tiempo para madurar. Los niños viven en el presente, no tienen la capacidad de relativizar (pensar que mañana será otro día, que el juguete roto puede ser reemplazado, etc, simplemente son emoción).

Yolanda nos recordó también la importancia del juego, hasta los 6-7 años es lo  principal que debe hacer un niño. Por eso es conveniente tener alternativas, estrategias, creatividad (magia) y negociación cuando son más mayorcitos (en torno a los tres años). De ese modo, entre otras cosas, no necesitaríamos decir "no" tantísimas veces al día, y es que se confunde el “no” con la educación.


El niño es el reflejo de nuestra propia imagen. Debemos tenerlo muy en cuenta antes de juzgarles para bien o para mal, y mirar hacia nosotros mismos si algo en ellos nos molesta, nos duele o nos preocupa.

jueves, 16 de junio de 2011

Yolanda González: La Empatía y la Autorregulación en la primera infancia

Yolanda González es psicóloga clínica, psicoterapeuta y experta en trabajo grupal. Está formada en la teoría del apego y en terapia psico-corporal. Está especializada en prevención infantil, realiza numerosas actividades formativas dirigidas tanto a padres (embarazo, preparación al parto natural, grupos de lactancia, y grupos de madres y padres) como a profesionales de la salud y profesionales de la educación, destacando su papel en la formación de personal sanitario en relación al parto natural y el fomento del vínculo temprano de la madre y su bebé. Es también autora del libro “Amar sin miedo a malcriar”.

Llevo tiempo queriendo escribir sobre la crianza con apego, lo que defiende esta teoría y lo que significa para mí este tipo de crianza. Mira por donde tuve la oportunidad de escuchar a una profesional hablar sobre el tema. Así que en cuanto pueda tengo pendiente escribir cómo la vivimos nosotros.

Hoy os voy a hablar de la última conferencia del I Ciclo de Conferencias “Conociendo a nuestros hijos”, organizado por la asociación Besos y Brazos. Y os tengo que decir que ha sido la que más me ha gustado. Quizás porque no conocía a Yolanda González, no tenía ni idea de quién era y me sorprendió gratamente encontrarla y escucharla. Me hizo estremecer y consiguió emocionarme. Con Carlos González y Rosa Jové ya sabía más o menos lo que me iba a encontrar, por cierto que no me los hubiera perdido por nada del mundo. Pero Yolanda la verdad es que me llegó al alma, no sólo por lo que nos contó sino también por cómo nos lo contó.

Cuando ya llevaba un ratito de conferencia nos invitó a realizar una experiencia vivencial. Un viaje a la infancia. No quiero contaros mucho porque si tenéis la oportunidad de verlo, la asociación “Besos y Brazos” colgará todo el ciclo de conferencia en su blog, podréis vivirla vosotr@s mism@s. No pude evitar las lágrimas (y no fue el único momento). Quizás sea así de sensiblera, pero me ocurre siempre que conecto con mi niña interior, con mi infancia, siempre me conmueve. Me doy cuenta de lo expuestos que estamos cuando somos niñ@s, de la necesidad imperiosa que tenemos de afecto y atención.

Intentaré resumir, pues ya tendréis tiempo de ver el vídeo, aunque con los apuntes en la mano ya os digo que me va a costar un poco, pues todo me resultó muy interesante.

Comenzó recalcando lo necesario de estos encuentros para poder reflexionar (en la sociedad actual estamos muy aislados, sin apoyos y con muchas responsabilidades), para no repetir los modelos educativos intergeneracionales, tópicos tradicionales que como bien dijo no han hecho a esta sociedad mejor.

Todos sabemos lo que es la empatía, pero lo difícil es sentirla. Muchos tenemos claro que jamás haríamos ciertas cosas a nuestros hijos (gritarles, pegarles…), pero en momentos de estrés se activan los modelos asimilados en nuestra infancia, porque aunque ésta había quedado relegada y a veces ni la recordamos, permanece intacta en nuestras células. Esto me recordó a “La maternidad y el encuentro con la propia sombra” de Laura Gutman, que me estoy leyendo, cuando encuentro un hueco. Por eso es necesario detenernos y realizar un trabajo personal, para realmente comprender con el corazón. Ser padres con consciencia, amorosos. L@s niñ@s dependen absolutamente de nosotros para desarrollarse en todos los aspectos.

A veces me siento culpable por perder la paciencia con la nena. Se que a muchos papás que se preocupan por respetar y tratar con cariño a sus hij@s también les pasa, pero me gustaría poder canalizar mis sentimientos de la manera menos dañina. También se que el hecho de darme cuenta de que es algo que tengo que cambiar me ayuda, y por otro lado la forma en que fuimos criados está claro que nos influye mucho. A ver, no somos perfectos, somos humanos, y todo el mundo puede tener un mal día, pero es algo que detesto que me pase con mi pitufa.

Es un mito el que la infancia sea siempre una época feliz.

Recordar nuestra infancia (no siempre es posible, a veces es mejor no recordar), nos puede ayudar a no repetir los mismos patrones que nuestros padres (y a su vez los suyos), utilizaron con nosotros, aunque es algo muy difícil, ya que lo tenemos interiorizado. A parte de los miedos y las dudas que tenemos todos los padres, tenemos emociones, por eso cuando nuestr@ hij@ tiene una rabieta no somos imparciales, se despiertan muchos sentimientos y muchas veces nuestra reacción termina siendo otra rabieta.

Pero hay que tener en cuenta que los conflictos son inherentes a la vida, porque somos diferentes unos de otros. Por eso es fundamental aprender a resolver esos conflictos que van a surgir siempre, y no evitarlos como pretendemos normalmente.

Mismamente, cuando quienes tienen como modelo la crianza tradicional se sienten con el poder de opinar, ya estamos en conflicto. ¿Por qué no vamos a poder entonces también nosotros meternos en su crianza? Al fin y al cabo quines salen perdiendo son l@s más pequeñ@s, y debemos velar por ell@s. Yolanda dejó claro que ella es partidaria de intervenir siempre que veamos que se está cometiendo una injusticia con un/a niñ@, y más aún si es nuestr@ hij@ ("pero con lo mayor que eres... y todavía sigues con la teta...").

Tenemos que ser conscientes de que nos necesitan. L@s niñ@s, de 0 hasta los 6 años, viven en el presente (no entienden de “luegos”); y se rigen por el principio del placer, necesitan explorar y jugar, porque es como aprenden. Por otro lado, los adultos nos regimos por el principio del deber. En el lugar intermedio estaría el principio de realidad, no renuncio al placer pero tengo en cuenta el deber. Niñ@s y adultos somos mundos diferentes. Somos los adultos los que tenemos que confiar más en ellos y los que tenemos que ponernos en su lugar. Y esto lo vamos a conseguir mediante el juego. Yolanda hizo incapié en esto. El juego es esencial, creatividad, magia, teatro… Dentro de esta franja de edad hizo una distinción: de 0 a 3 años l@s niñ@s son todo emoción y nos necesitan constantemente; y de 3 a 6 años ya empiezan a tener defensas psíquicas.

La sociedad pretende educar (conducir desde fuera) a l@s niñ@s porque supone que no saben. No confía en ell@s, como si no supiesen dormir, lo que tienen que comer, cuando están preparad@s para el control de esfínteres, para compartir o para ir al colegio. Quiere niñ@s buen@s, adaptad@s y que obedezcan. Todo esto viene de la teoría de la frustración de Freud, en la que para que crezcan hay que frustrarles, de lo contrario se malcriarán. Pretende que hay que hacerles dur@s porque la vida es dura. Pero las personas duras no conectan ni consigo mismas ni con los demás.

Para crear un vínculo seguro hay que dejar de lado el estilo autoritario y el de dejar hacer (el padre colega), y conseguir que nuestr@ hij@ confíe en nosotros, al igual que nosotros confiamos en él/ella, mediante el estilo democrático. Conseguiremos así niñ@s y adultos fuertes. Remarcó que para la teoría del apego es muy importante no poner nunca límites en lo emocional (hay que atender siempre sus necesidades afectivas) y no interferir en su proceso madurativo (sus ritmos, su proceso de autorregulación), que no tiene que ver con poner límites en lo cultural (donde no se crearán traumas). Estos límites se pondrán a partir de los 4 años, siempre negociando y siempre sin olvidarnos del juego.

Además, hay también emociones que están mal vistas, como el miedo o la rabia. Pero hay que tener muy en cuenta que todas las emociones son necesarias porque así es cómo sabemos qué nos sucede. Castigar la rabia en un/@ niñ@ es muy peligroso, porque una emoción que se castiga es una emoción que se reprime, y que puede explotar en el momento más inoportuno de la manera más inadecuada. Nuestro cometido es ayudarles a gestionar esas emociones, no censurarlas.

Me gustó su opinión clara hacia los libros de Estivill, respecto a los que dijo que habría que dejarlos para reciclaje y posterior creación de libros que sean más respetuosos con nuestr@s hij@s.

Remarcó que la lactancia natural es un derecho de los niños y de las madres. Hasta los tres años la oralidad es muy importante. L@s niñ@ se amamantan. Nutriéndose, sintiéndose seguros y sintiendo placer. Y la madre también sentirá placer, por supuesto, no es ningún pecado.

El amor jamás malcría. La crianza es creatividad, oportunidad, crecimiento, porque ell@s son nuestro mejor regalo, son el futuro.

Por último nos dedicó una poesía preciosa. De verdad, que si podéis ver el vídeo, os lo recomiendo. Espero de corazón que, como a mí, os llegue dentro y sintáis ese “toque”.